Entrevista a Miguel Pesce: «Me dedico a la dirección porque creo que tengo algo para decir, algo que aportar»

10 junio, 2026 por 

En el marco de Personas que hacemos el Piazzolla, el director coral, docente y referente de la actividad coral argentina reflexiona sobre su formación, los modelos pedagógicos que marcaron su trayectoria, el trabajo con conjuntos vocales y los desafíos de enseñar música en la actualidad.

Conversamos con Miguel Pesce, profesor del Conservatorio Superior de Música Astor Piazzolla y director de su coro institucional. Además, dirige el coro Lagun Onak, el Coro de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires y Cámara XXI. Con una extensa trayectoria en la dirección coral y la formación de músicos, repasa sus primeros acercamientos a la música, las transformaciones en la enseñanza artística, la experiencia de trabajar con distintos tipos de agrupaciones y las particularidades de una práctica que combina de manera inseparable la dimensión musical, pedagógica y humana.

Por Virginia Chacon Dorr

— Contame cómo llegás a la dirección.

— Yo soy de Lanús. Estudiaba música con un profesor del barrio, Luis Campassi, una persona adorable. Y un día una vecina, yo tendría unos 14 años, me dice: “Nosotros cantamos en un coro a la vuelta de casa, que dirige Andrés Jan. ¿No querés venir?”. Le dije: “Voy, pero no sé si voy a poder cantar algo”.

Cuando escuché cómo sonaba un conjunto de voces, no entendía cómo hacían. Fue algo impactante: la experiencia de la polifonía vocal. Desde ese día, quedé atrapado.

Otra cosa que destaca, en la dinámica de coros y orquestas, es la personalidad del director. Es una figura que resulta determinante para un futuro director. Y dije: “Eso a mí me gusta, yo quiero estar ahí delante”. Y empecé a transitar este camino.

Al principio estudié guitarra, en el Conservatorio Nacional, y luego dirección coral en el Conservatorio de Banfield, con Vilma Gorini y, más tarde, en el Juan J. Castro, con Antonio Russo.

— ¿Cómo era esa generación de maestros con la que te formaste?

— Yo soy de una generación intermedia que conoció la última etapa de los viejos maestros que, en general, eran duros, tenían otra forma de enseñar y de relacionarse con la música. Un poco lo atribuyo a que a muchos de ellos les tocó vivir su infancia durante la Segunda Guerra Mundial, y que algunos eran inmigrantes. Para mí esas experiencias traumáticas se heredan. Todavía quedan algunos ecos de esas vivencias, hoy en día: en la forma de manejarse con el dinero, con la comida, en la exigencia y con el disfrute en general.

Esos maestros tenían en su forma de ser y de enseñar una seriedad y una solemnidad con respecto a la relación con la música que la generación de los sesenta vino a zarandear. Hubo una camada de artistas y pedagogos que se propuso sacar cierta pátina oscura, introducir el humor y descontracturar la práctica artística.

Había una concepción sagrada de la actividad que hacemos, que se había vuelto demasiado sagrada (risas). La vara era altísima y, como joven estudiante, nunca dabas la talla.

A los que vendrían a ser mis “hermanos mayores” les tocó introducir cierta liviandad en la relación con el quehacer musical. No es que fueran menos comprometidos ni dedicados, para nada. Pero había algo en los maestros de antes, especialmente en lo que tiene que ver con lo vital, que era… moderado, digamos.

Siempre hablo en general y con respecto a los que yo conocí, ¿no? Tal vez había algo de tomar como modelo ciertas maneras de la clase más alta: el disfrute moderado. Si acaso surge una sonrisa, está bien, pero la carcajada no es elegante. La moderación como virtud.

— Y algo también de culpa, ¿puede ser? Pensando que vivieron la guerra…

— Y la culpa también, sin duda.

Y, de golpe, el rock viene a descomprimir esa concepción monástica del arte. Viene a sacarle el traje y la corbata.

En resumen, siempre intenté rescatar lo mejor de esas concepciones: trabajar de forma seria pero con algún cable a tierra.

— ¿Creés que en la pérdida de esa exigencia hay algo de pérdida de calidad?

— Creo que no. Kundera lo plantea muy bien en el principio de La insoportable levedad del ser, cuando habla de Parménides. Esa tensión entre lo liviano y lo pesado de la existencia.

Pero también me parece que se dejó de lado algo que tenía su valor, esto de pensar que somos como sacerdotes de una diosa musical que nos eligió. Esa idea era algo sólido. La virtud que tenían esos maestros era justamente esa solidez. Hoy las cosas dan un poco lo mismo, tal vez, no tienen el mismo valor. Posiblemente las vivencias sean más superficiales, no sé…

— ¿Creés que la música te elige?

— Vos podés querer ser un buen jugador de fútbol, pero querer ser Messi no está dentro de tus posibilidades. Lo descubrís, no te transformás por pura voluntad. Hay artistas que son elegidos, no solo por la habilidad que tienen para tocar, sino por la capacidad para estar todo el día haciendo música y no sentir que se están perdiendo algo. La música es todo su mundo y lo pueden sostener toda su vida, sin ningún problema.

Otros no podemos hacer eso porque, de pronto, sentimos que nos estamos perdiendo un montón de cosas: queremos tener pareja, salir con amigos, jugar al fútbol. Hay algunos artistas cuyas vidas correrían serio riesgo si intentaran cocinarse un huevo frito (risas).

— En algunas provincias existe una tradición muy fuerte de cantar en reuniones familiares o entre amigos. Acá en Capital quizás no sucede tanto. ¿Cuánto influye la práctica social en el desarrollo musical de una persona?

— Es cierto que hay un gran componente social en el canto, en la práctica musical.

Es probable que haya épocas en las que la gente tenga más motivación para cantar. Cuando tienen éxito programas como Cantando por un sueño, La Voz y demás, o cuando cobra importancia el folclore nacional, uno ve gente joven que se entusiasma con estudiar canto o participar en un grupo vocal o en una comedia musical.

Cuando en la escuela primaria se enseña música y canto, en general se está intentando promover una práctica que ya no se hace en la casa o en la comunidad como actividad natural: cantar juntos.

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