Lo que hay detrás de 'Cuando muere el angelito' — un rito donde bailar es rezar.
Analizamos en profundidad una obra que cantamos en Cámara XXI.
Al final de este post hay un video de cuatro minutos. Antes de escucharlo, conviene saber qué hay adentro, porque sin ese contexto solo se escucha la superficie.
Lo que vas a escuchar es "Cuando muere el angelito", música de Eugenio Inchausti, letra de Marcelo Ferreyra, en el arreglo coral a cuatro voces de Eduardo Ferraudi. Se subtitula chacarera, pero no es para bailar. Es para entender un rito que casi nadie conoce fuera del Noroeste argentino: ahí, durante siglos, la muerte de un niño fue motivo de celebración. Y llorar estaba prohibido.
El velorio del angelito
La creencia que sostiene todo el rito es simple: un niño que muere antes de pecar es puro, y su alma va directo al cielo, sin paso por el purgatorio. Por eso el duelo no corresponde — lo que corresponde es festejar una partida sin mancha.
El cardón, cactus columnar del Noroeste argentino. En el velorio del angelito, sus flores blancas oficiaban de cirios naturales.
El cuerpo se viste de blanco. Se lo corona con flores y se lo acuesta sobre una mesa cubierta, como un altar improvisado en medio del rancho. Ahí, alrededor del cuerpo de un niño, la gente empieza a bailar. Algo que la liturgia católica jamás permitiría.
Pero en el NOA no es falta de respeto. Es la forma más alta de respeto que existe: el velorio del angelito viene de la mezcla entre el catolicismo colonial y la espiritualidad andina prehispánica, y sobrevivió siglos en las provincias del norte y de Cuyo. Ahí, lo sagrado y lo festivo no se separan. Llorar sería el gesto raro. Bailar es la plegaria.
Los rezabailes y la niña Telesita
Una sola palabra concentra la paradoja entera: rezabaile.
No es un rezo y un baile por separado, sino un solo gesto: se reza bailando, o los pasos mismos son la plegaria. En el velorio del angelito el cuerpo que se mueve y el alma que ora no se distinguen.
Rezabaile: el gesto donde la danza y la plegaria son la misma cosa.
La letra menciona que los rezabailes se bailan "pa' la niña Telesita". Telesita es una figura central del folklore santiagueño: una niña que, según la leyenda, bailó sin parar hasta caer muerta, y cuyo espíritu se invoca en los velorios para proteger la danza. Su presencia conecta este rito con todo un sistema simbólico propio del NOA, con sus santos, sus animales sagrados y sus propias formas de medir el tiempo.
El Kakuy
Entre todos los seres que pueblan esa noche, el más inquietante es el Kakuy.
Es un ave nocturna del NOA cuyo canto lastimero y sostenido atraviesa la oscuridad del campo. En el imaginario popular, su grito anuncia la muerte o la acompaña. Una leyenda lo presenta como una mujer transformada en pájaro, condenada a llorar eternamente por un ser perdido.
El Kakuy, ave nocturna del NOA. Su canto en la oscuridad anuncia la muerte — y en esta obra, huye.
Pero en esta obra pasa algo que invierte esa imagen: el Kakuy no llora frente al velorio del angelito, huye. Se escapa dolido entre las ramas cuando suenan las cajas rituales por los caminos. El pájaro del lamento eterno no soporta lo que está escuchando, porque es algo más antiguo y más poderoso que él.
Las imágenes de la letra
La letra de Marcelo Ferreyra construye el rito imagen por imagen, sin explicarlo. Cada verso es una escena.
"Pobre, pobre, mi guagüita": guagua es bebé en quechua, una sola palabra que sitúa la obra en el NOA andino, donde el castellano y el quechua conviven desde hace cinco siglos.
En "suelta el violín su llantito, quiere ayudarme a olvidar la muerte del angelito" hay una regla que no se nombra: los humanos no pueden llorar. El violín llora en su lugar, cumple la función que el rito le prohíbe a las personas.
"Los cirios de los cardones prenden sus blancos ojitos, azulándose en las alas que Dios le dio al pobrecito": el cardón, el cactus columnar del NOA, funciona como cirio de iglesia. Sus flores blancas son "ojitos" que se azulan, se hacen cielo, en las alas del angelito. Una imagen que solo alguien que conoce el paisaje norteño puede construir.
Y en "un lindo caballo blanco lo va llevando al guagüita" aparece el caballo blanco como animal psicopompo: el que lleva el alma al otro mundo, presente en la tradición andina-criolla desde antes de la conquista.
La escritura musical de Ferraudi
La obra se subtitula chacarera, el género más vivo y bailable del NOA. Pero Ferraudi toma ese género y lo deforma a propósito: lo estira, lo hace ritual.
Los cambios de compás son constantes a lo largo de toda la partitura: el tiempo se mueve entre 3/8, 6/8, 9/8, 6/4, 2/4 y 3/2 sin aviso previo. Esta no es una chacarera fácil de bailar, porque el tiempo del rito no sigue el tiempo del baile — avanza, se frena, y de golpe acelera otra vez.
Fragmento de la partitura de Ferraudi. La indicación manuscrita es de los ensayos de Cámara XXI.
Las cuatro voces replican lo que suena en un velorio del angelito real. Los bajos articulan dm dm da ba da dm, el bombo legüero vocalizado. Los tenores hacen la ra ra ra, imitando las cuerdas del violín que menciona la letra. Las sopranos y altas sostienen un ay a a larguísimo: el lamento que nunca termina de ser lamento, el duelo que no se puede nombrar del todo. Los tres solos de la partitura, para contralto, tenor y soprano, llevan la narración.
La tonalidad es ambigua a propósito. La armadura sugiere Mi mayor, pero las alteraciones constantes sacan la música de cualquier centro tonal claro: queda flotando entre el mayor y el menor, sin resolverse del todo en ninguno.
Tolosa, 2017
En octubre de 2017, el Ensamble Vocal Cámara XXI viajó al País Vasco para participar en la 49ª edición del Concurso Coral de Tolosa, dentro de la European Grand Prix Association for Choral Singing, uno de los circuitos de competencia coral más prestigiosos de Europa.
En la categoría de Música Popular, el ensamble interpretó esta obra bajo la dirección del Maestro Miguel Ángel Pesce y obtuvo el Tercer Premio ex-aequo.
Un jurado europeo escuchó el velorio del angelito. Y le dio un premio.
Pensalo un segundo: un rito prehispánico-colonial del interior argentino, cantado en un escenario del País Vasco, reconocido por músicos que probablemente nunca habían escuchado hablar del Kakuy. La música hizo lo que se supone que hace: cruzó.
Ahora, escuchalo.
CUANDO MUERE EL ANGELITO — Música: Eugenio Inchausti / Letra: Marcelo Ferreyra / Arreglo coral: Eduardo Ferraudi.
Ensamble Vocal Cámara XXI — Director: Miguel Ángel Pesce49° Concurso Coral de Tolosa, España, 2017 — 3er Premio ex-aequo, Música Popular
La letra
Ay, ay, ay, ayayaitay,
pobre, pobre, mi guagüita,
suelta el violín su llantito,
quiere ayudarme a olvidar
la muerte del angelito.
Velay, si era chiquitito,
sin un pecado solito,
que Tatá Dios lo ha llevado,
será de ver lo bonito.
Y hasta el Kakuy de los montes
dolido huye entre las ramas,
cuando las cajas del alma
por los caminos sonaban.
Ay, ay, ay, ayayaitay,
pobre, pobre, mi guagüita,
suelta el violín su llantito,
quiere ayudarme a olvidar
la muerte del angelito.
Cuando muere el angelito,
le cantan las alabanzas,
será por su alma bendita.
Los cirios de los cardones
prenden sus blancos ojitos,
azulándose en las alas
que Dios le dio al pobrecito.
Y un lindo caballo blanco
lo va llevando al guagüita,
donde arpean rezabailes
pa' la niña Telesita.
Ay, ay, ay, ayayaitay,
pobre, pobre, mi guagüita,
suelta el violín su llantito,
quiere ayudarme a olvidar
la muerte del angelito.
Letra: Marcelo Ferreyra — Música: Eugenio Inchausti — Arreglo coral: Eduardo Ferraudi
La partitura
Si esta obra te llegó y querés cantarla, el arreglo de Eduardo Ferraudi está disponible en Ediciones GCC — el catálogo de referencia de la música coral argentina.
Comprá la partitura original en edicionesgcc.org.ar →
Apoyar a los compositores y arregladores argentinos es también una forma de mantener vivo este repertorio.
Este post inaugura una serie donde compartimos el contexto detrás de las obras que cantamos: el rito, la palabra, la escritura musical. Porque una obra no empieza cuando el coro abre la boca — empieza siglos antes, en el campo, en la noche, en la boca de alguien que no sabía que estaba haciendo arte.
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