Cuando muere el angelito: una chacarera que lleva cincuenta años cruzando el monte

Hay obras que no se aprenden. Se reciben. Cuando muere el angelito es una de ellas.

Cuando la cantamos en el Certamen Internacional de Tolosa, España, en 2017, algo pasó en la sala que es difícil de explicar con palabras. No fue solo la música. Fue el peso de lo que esa música carga: un rito antiguo, una leyenda indígena, un dolor que el norte argentino aprendió a convertir en canto.

Este artículo es una invitación a escuchar de otra manera. A entender qué estás oyendo cuando la oís.


Una chacarera del norte, con casi cincuenta años de historia

La obra fue compuesta por Eugenio Carlos Inchausti (música) y Federico Marcelo Ferreyra (letra), y grabada por primera vez en 1977 por Los Arroyeños —el mismo año en que El Chango Nieto la incluyó en su álbum Adonde están los pájaros que mueren. Dos años después, Los Carabajal la inmortalizaron en Canción de la bienvenida, dándole el alcance masivo que tiene hoy.

Desde entonces no dejó de circular. Mercedes Sosa la cantó. Docenas de grupos corales la arreglaron. Y en 2011, Eduardo Ferraudi publicó a través de Ediciones GCC su versión para coro mixto SATB —el arreglo que nosotros interpretamos.

Es una chacarera. Pero no una cualquiera.


Qué es una chacarera y por qué importa saberlo

La chacarera es uno de los géneros más arraigados del folclore argentino. Nació en Santiago del Estero —la provincia más antigua del país— y su nombre viene del quechua chacarero: trabajador de la tierra. Es música de chacra, de rancho, de monte.

Se ejecuta en compás de 6/8 y 3/4 alternados, con guitarra, bombo legüero y violín como instrumentos tradicionales. Su ritmo es vivo, sincopado, con un balanceo que viene de la tierra misma. Las letras suelen hablar de amor, de paisaje, de seres del monte. Muchas conservan palabras en quichua santiagueño, la lengua originaria que sobrevive en esa provincia como en ninguna otra.

Cuando muere el angelito es una chacarera que no habla de amor ni de paisaje. Habla de muerte. Y lo hace desde una tradición que hoy casi no existe.


El velorio del angelito: cuando el duelo era una fiesta

Para entender la letra hay que conocer un rito que durante siglos fue moneda corriente en el campo argentino y latinoamericano: el velorio del angelito.

Cuando moría un niño pequeño —antes de los tres años, a veces hasta los siete— no se hacía un entierro sombrío. Se hacía una fiesta.

La creencia, de raíces católicas populares mezcladas con cosmovisiones indígenas y africanas, era clara: un niño que muere sin pecado asciende directamente al cielo como ángel. Su muerte no era una tragedia sino una bienaventuranza. Una ganancia espiritual. El dolor de los padres era real, pero la comunidad elegía celebrar el viaje, no llorar la pérdida.

Se vestía al niño de blanco, se lo adornaba con flores, se construía un pequeño altar. Había música, canto, incluso baile. Se bebía, se rezaba. El ataúd era blanco. Las velas rodeaban al pequeño cuerpo como si fuera un ángel dormido —porque, según esa fe, eso era exactamente lo que era.

Imagen del campestre del velorio de un agelito

Velorio del Angelito

Imagen de campo en Santiago del Estero, Argentina del velorio de un angelito.

Mariquita Sánchez de Thomson lo describió en sus memorias sobre el Buenos Aires de fines del siglo XVIII: "Esto era una fiesta. Lo principal era pensar que era un ángel que se iba al cielo."

El rito se practicó en toda América Latina con distintos nombres: chigüalo en Ecuador, baquiní en Puerto Rico, mampulorio en Venezuela y Colombia. En Argentina, fue especialmente intenso en Santiago del Estero, Corrientes y el noreste. Hoy casi desapareció, pero dejó su huella en el cancionero.

Cuando muere el angelito es, en esencia, una canción de ese velorio.


Las palabras que la letra esconde

La letra usa un vocabulario que no es porteño ni urbano. Vale la pena detenerse en cada término.

Guagüita / guagüi-ta

Diminutivo afectuoso de guagua (del quechua wawa): bebé, niño muy pequeño. Se usa en el noroeste argentino, Chile, Bolivia y Perú. En la letra, el "pobre, pobre, mi guagüita" es el lamento de la madre ante el cuerpo del bebé muerto.

Kakuy

Una de las palabras más cargadas de la letra. El Kakuy (Nyctibius griseus) es un ave nocturna de hábitos solitarios que habita el noroeste argentino. Su canto —un lamento agudo y sostenido, casi humano— estremece a quienes lo escuchan de noche en el monte.

Pero más que el ave, la letra invoca la leyenda del Kakuy, una de las más antiguas del imaginario santiagueño. La historia, de origen quechua, cuenta que dos hermanos huérfanos vivían en el monte: él, bondadoso y trabajador; ella, cruel e ingrata. Cansado de sus malos tratos, el hermano la dejó abandonada en lo alto de un árbol al caer la noche. En la oscuridad, aterrorizada, la hermana comenzó a transformarse: sus manos se volvieron alas, sus pies garras, su cuerpo se cubrió de plumas. Se convirtió en el Kakuy —el ave que desde entonces vaga por las noches gritando "Turay, Turay" (hermano mío, en quechua), buscando sin descanso a quien abandonó.

Kakuy

Esta ave habita en Centroamérica y Sudamérica, pero en algunas zonas está en peligro de extinción

En la chacarera, la imagen del Kakuy "de los montes" aparece cuando suenan las trompas del alma: es la voz de la culpa, del abandono, de lo que no tiene consuelo. Una presencia oscura en medio de la celebración del angelito.

Rezabaile

Palabra que funde dos acciones en una sola: rezar y bailar. El rezabaile es la reunión comunitaria —típica de Santiago del Estero— en la que se honra a un santo o a una figura mítica alternando oraciones y danzas. No hay contradicción entre lo sagrado y lo festivo: en esa cultura, bailar es también una forma de rezar. La Telesita —figura legendaria santiagueña— es su símbolo más conocido.

En el contexto de la canción, los rezabailes son los rituales que acompañan al angelito en su partida. La música que se toca mientras el niño viaja al cielo.

Velay

Interjección típica del norte argentino y el noroeste, proveniente del español antiguo "ved ahí" o "ved allí". Equivale a un "ahí está", "mirá", o simplemente una exclamación de asombro o énfasis. En la canción aparece como un detonante rítmico, casi un grito del coro que anuncia algo.

Telesita

Figura del folclore santiagueño. Cuenta la leyenda que Telesita fue una mujer real —pobre, descalza, con una devoción extraña por el baile— que murió quemada en el monte, y cuya alma quedó ligada para siempre a la danza. Se la invoca en los rezabailes; se dice que baila entre la gente sin que nadie la vea. La mención "les pa' la niña Telesita" en la partitura alude a este ser mítico que, como el angelito, vive en el borde entre la vida y la muerte.


El arreglo de Eduardo Ferraudi: folclore con tensiones del jazz

Eduardo Ferraudi es uno de los arregladores corales más importantes de la Argentina. Director, compositor, guitarrista, publicó en 2005 el libro Los arreglos corales en la música popular —uno de los primeros textos técnicos sobre el tema en el país. Ha dirigido desde el Coro Nacional de Jóvenes hasta el Coro Nacional de Cuba, y sus arreglos son referencia obligada en el repertorio coral latinoamericano.

Lo que hace con Cuando muere el angelito es extraordinario, y merece ser explicado.

La estructura rítmica: entre el 6/8 y el caos métrico

La chacarera original alterna 6/8 y 3/4 —lo que le da ese balanceo característico, esa sensación de que el pulso "respira". Ferraudi no solo respeta ese vaivén: lo exacerba. A lo largo de la partitura aparecen cambios de métrica constantes —6/8, 9/8, 2/4, 6/8 nuevamente— que generan una inestabilidad rítmica completamente intencional. El coro parece tambalearse. Como alguien que baila de noche, en el monte, entre el llanto y la celebración.

Las voces como instrumentos del monte

La distribución vocal es para cuatro voces mixtas (SATB), pero Ferraudi las trata de manera inusual.

Las sopranos y altos abren con largos "ay-a" en notas pedales. No es un bordón técnico: es el llanto. Son las mujeres del velorio. Esa vocal abierta, sostenida, sin texto, dice todo lo que el texto no puede decir todavía.

Los tenores cargan el "la-la-ra-ra" percusivo —el ritmo del bombo legüero hecho voz— pero sus frases no terminan planas. Las inflexiones finales de cada línea suben, se doblan, simulan un quejido. El "ra-ra" que cierra cada célula rítmica lleva adentro algo que duele. Es el baile del velorio: alegre en la superficie, quebrado por dentro.

Los bajos anclan el pulso con "Dm dm dm", onomatopeyas del ritmo de caja que sostienen todo desde abajo.

Las tensiones jazzísticas: lo que hace diferente este arreglo

Acá está el corazón de lo que hace especial a este arreglo. Ferraudi no se conforma con cuatro voces en triadas. Introduce acordes con séptimas, novenas y onceavas que no son propios del folclore tradicional —son tensiones que vienen del jazz y la música contemporánea.

En los momentos de mayor intensidad emocional —cuando el texto nombra al kakuy, cuando llegan las alabanzas al angelito— la armonía se enturbia. Las voces chocan con intervalos de segunda y séptima que generan una disonancia que duele, literalmente. Es el dolor sin resolver. El luto que la fiesta no alcanza a cubrir del todo.

Esta tensión entre la melodía tradicional (que quiere resolver, que quiere llegar a la tónica) y una armonía que la demora, que la complica, es lo que le da al arreglo su dimensión emocional única.

Los solos vocales: la voz que sale del coro

La partitura indica tres momentos de solo: uno para contralto (la voz que llora sola en el monte), uno para tenor (la voz del relato, casi un narrador) y uno para soprano (que arranca en el compás 56 con un grito casi operístico antes de disolverse en el tutti). Estos solos no son ornamentos: son interrupciones de la textura coral que funcionan como ventanas al drama individual dentro del ritual colectivo. La muerte del angelito le pasa a una madre. El coro es la comunidad que la rodea.

El final: la disolución

La obra no termina con un acorde brillante ni con una cadencia que resuelve. Las cuatro voces convergen en un acorde largo, abierto, que se sostiene y se apaga junto. Sin resolución armónica clara. Sin cadencia que cierre. La última sílaba es una "O" —vocal abierta, sin texto, sin nombre. Y la voz que la sostiene desde abajo, que le da peso y tierra a ese silencio final, son los bajos. Como si el monte se cerrara despacio, después de que todos se fueron.


Por qué la cantamos en Tolosa

El Certamen Internacional de Tolosa, España, es uno de los concursos corales más prestigiosos de Europa. En 2017, elegimos llevar esta obra porque creímos —y creemos— que la música latinoamericana no necesita pedir permiso para estar en los grandes escenarios.

Cuando muere el angelito tiene todo lo que una obra coral de alto nivel necesita: complejidad rítmica, profundidad armónica, textura vocal rica, y un texto que viene de siglos de cultura viva. No es folclore de postal. Es folclore que sangra.

Y además, hay algo que Ferraudi entendió muy bien: esta música tiene que sonar como si viniera de adentro. No de un libro de armonía. De la tierra.


Escuchala

Esta es nuestra interpretación en Tolosa, 2017.

Ensamble Vocal Cámara XXI es un ensemble de cámara vocal fundado en Buenos Aires en 2006 y dirigido por el Maestro Miguel Ángel Pesce. Sus conciertos son de entrada libre y gratuita.

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Si te interesa, podes adquirir su partitura en Ediciones GCC en este enlace

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