Antes del concierto

Sábado 10 de octubre · 20 h — Parroquia y Santuario San Antonio de Padua · Av. Caseros 2780, Parque Patricios, CABA. Entrada: un alimento no perecedero.


Ensamble Vocal Cámara XXI · Dirección: Miguel Ángel Pesce

Esta página es el programa de mano del concierto: podés leerla antes de entrar, seguirla desde tu asiento o volver a ella después.

Son once obras y el programa se divide en dos mitades.

Las cuatro primeras son sacras y están escritas en los últimos cincuenta años: un himno latino del siglo X que Dickau vuelve a componer, el Salmo 84 en manos de Caroline Shaw, el introito de Navidad de Miškinis y una letanía en irlandés de Michael McGlynn. Cuatro maneras contemporáneas de trabajar con textos que ya tenían mil años.

De la quinta en adelante, el repertorio es profano. Primero el madrigal italiano entre 1590 y 1603 — Gabrieli y tres Monteverdi —, donde la música se dedica a pintar lo que dice el texto: el murmullo del agua, el vértigo del deseo, la herida que no cierra. Después un Elgar de 1914 que compara el amor con una tormenta en el mar.

El cierre cruza a América. Beatriz Corona pone en música un poema de Martí sobre la esclavitud, y Aldemaro Romero deja un joropo venezolano donde un chico corre por el barrio hasta que cae la noche.

El programa

1 · O nata lux

David Dickau — Estados Unidos, 1953. Texto: himno latino anónimo, de la liturgia medieval.

El texto se cantaba al amanecer del 6 de agosto, en la fiesta de la Transfiguración: el episodio del Evangelio en que Cristo se vuelve luz delante de sus discípulos.

Dickau, compositor y director coral estadounidense, la escribió en 2006 para coro sin instrumentos. Las voces avanzan juntas, diciendo las mismas palabras al mismo tiempo, sin que ninguna lleve la melodía por su cuenta. Empieza en voz baja, crece hasta su punto más fuerte sobre la palabra laudes — las alabanzas — y después se apaga hasta cerrar, muy suave, con las mismas dos palabras del comienzo.

2 · and the swallow

Caroline Shaw — Estados Unidos, 1982. Texto: Salmo 84.

El salmo habla de alguien que mira un templo y descubre que los pájaros viven adentro. El gorrión hizo ahí su casa, la golondrina armó su nido y cría a sus pichones. Él, en cambio, solo puede entrar de visita. Lo que el texto envidia es eso: tener un lugar donde quedarse.

Shaw la escribió en 2017 pensando en los refugiados sirios. Contó que en esa golondrina que protege a sus crías veía a las familias que estaban huyendo de la guerra y buscando dónde ponerse a salvo.

Está escrita a ocho voces: cada cuerda se parte en dos casi desde el comienzo. Una mitad lleva las palabras, con un balanceo que no se detiene; la otra sostiene notas largas por debajo. Sobre el final el texto se deshace en sílabas sueltas y boca cerrada, y lo último que se llega a entender son las lluvias de otoño.

3 · Dum medium silentium

Vytautas Miškinis — Lituania, 1954. Texto latino de la liturgia de Navidad, tomado del libro de la Sabiduría.

El texto describe un instante: la noche va por la mitad, todo está en silencio, y ahí — sin ruido y sin anuncio — la palabra de Dios baja del cielo.

Miškinis lo arma como un mecanismo de relojería. Las contraltos empiezan solas, repitiendo las sílabas del texto siempre con el mismo dibujo, una vez tras otra, rápido y casi en susurro. Eso no se detiene en toda la obra: va pasando de un grupo de voces a otro, pero la maquinaria nunca deja de girar.

Por encima, las demás voces se mueven mucho más despacio, con notas largas que se estiran. Son dos velocidades al mismo tiempo: las piezas chicas que laten adentro del reloj y las agujas que apenas se corren. Sobre el final el mecanismo se va frenando, cada vez más suave, hasta pararse en la palabra silentium.

4 · Incantations

Michael McGlynn — Irlanda, 1964. Texto en irlandés (Gaeilge).

Es una letanía: alguien va nombrando el mundo y en cada cosa reconoce a Dios. El ciervo, el pájaro, el pez. El viento, el frío, el mar. El sol, la estrella, el cielo. La hierba, la flor, los árboles. Entre un nombre y otro vuelve siempre la misma palabra, aililú, que es el aleluya en irlandés.

McGlynn la escribió en 1991 para ocho voces. Casi todas repiten aililú sin detenerse, rápido, como un motor que sostiene la obra entera; por encima, una voz por vez va nombrando las cosas.

5 · Dormiva dolcemente la mia Clori

Giovanni Gabrieli — Italia, 1557-1612. Texto de Torquato Tasso.

El poeta encuentra dormida a su amada y se queda mirándola, embobado, mientras alrededor de su cara revolotean amorcillos: esos chiquitos alados que aparecen en los cuadros de la época. En medio de la contemplación se escucha a sí mismo decir "necio, ¿qué hacés?, el tiempo perdido no vuelve". Entonces se inclina, muy despacio, y la besa.

Gabrieli publicó este madrigal en Venecia, en 1590. Está escrito para ocho voces repartidas en dos coros que se van contestando: una frase la dice un grupo, la siguiente el otro, y en los momentos de más entusiasmo cantan todos juntos. Era el sonido de San Marcos, la iglesia donde Gabrieli tocaba el órgano.

9 · Sì ch'io vorrei morire

Claudio Monteverdi — Italia, 1567-1643. Cuarto libro de madrigales, 1603. Texto de Maurizio Moro.

Hace falta saber una cosa antes: en la poesía italiana de esa época, morire quería decir las dos cosas, la muerte y el éxtasis amoroso. Sin ese dato el texto parece un lamento fúnebre. Con ese dato, es lo más explícito que puso Monteverdi en música.

Está escrito para cinco voces, que empiezan las cinco juntas diciendo la misma frase. Después la obra avanza por contrastes: tramos casi susurrados y otros que entran de golpe con toda la fuerza. Al final las voces van soltando las mismas tres exclamaciones una encima de la otra — ahi bocca, ahi baci, ahi lingua — hasta que el texto vuelve al principio y la obra se apaga muy suave.

7 · Ecco mormorar l'onde

Claudio Monteverdi — Segundo libro de madrigales, 1590. Texto de Torquato Tasso.

Este madrigal es trece años anterior al que acaba de sonar: Monteverdi tiene veintitrés años. Y no hay drama ninguno. Es un amanecer sobre el mar, contado despacio: el agua que murmura, las hojas que tiemblan, los pájaros, y el alba que aparece y se mira en el mar como en un espejo.

A lo que hace Monteverdi acá se lo llama madrigalismo: la música imita lo que dice la letra. Donde el texto habla del murmullo del agua, las voces entran una atrás de la otra, superpuestas, como olas. Donde dice que tiemblan las hojas, las notas tiemblan. Y cuando al final aparece el alba, la partitura pide que el coro vaya creciendo de a poco.

8 · A un giro sol de' begl'occhi lucenti

Claudio Monteverdi — Cuarto libro de madrigales, 1603. Texto de Battista Guarini.

El que canta está enamorado de alguien que no lo quiere. Y lo que dice es: a ella le alcanza con mirar para que el mundo entero se ponga contento — el aire ríe, el mar se calma, el viento se aquieta, el cielo se ilumina —, pero él es el único que sigue llorando. Después la culpa a ella: cuando naciste tan cruel, nació mi muerte.

La música está partida en dos, igual que el texto. En la primera mitad hay madrigalismo otra vez: donde dice que el aire ríe, las voces se ponen a correr en notas rápidas; donde dice que el mar se calma, se quedan largas y ondulantes.

En la segunda mitad llega "sólo yo", y todo se frena. Las cinco voces pasan a notas largas, en voz baja, y de ahí no salen más hasta el final. La alegría del mundo y el dolor de uno suenan distinto, y ese es el asunto de la obra.

9 · Love's Tempest

Edward Elgar — Inglaterra, 1857-1934. Op. 73 n.º 1, 1914. Texto de Apollon Maykov, en versión inglesa de Rosa Newmarch.

Son dos estrofas que dicen lo mismo con distintas palabras. En la primera, el mar está quieto hasta que llega una tormenta que levanta las olas contra la costa. En la segunda, el corazón del que canta está quieto hasta que aparece la imagen de la persona que ama y arma un desorden peor que el del mar.

10 · Penas

Beatriz Corona — Cuba, 1962. Texto de José Martí, de Versos sencillos (1891).

Martí empieza rechazando la idea de que él tenga penas propias — ya habrá tiempo de sufrir, dice — para nombrar la única que le importa: la esclavitud de los hombres. Y cierra con una imagen de pelea: hay montes y hay que subirlos, y después veremos quién fue el que me puso frente a la muerte.

11 · El Catire

Aldemaro Romero — Venezuela, 1928-2007. Arreglo coral de Luis Fernando Moncada.

Romero fue el músico que inventó la onda nueva, un cruce entre el joropo venezolano y el jazz. El catire del título — catire quiere decir rubio — es un niño muy travieso del barrio al que todos miran correr, saltar y caerse. Alguien le avisa a la madre que lo agarre antes de que se dé un golpe. Sobre el final cae la noche, el chico se duerme y sueña con Panchito Mandefuá, el pibe de la calle de un cuento venezolano muy conocido

Después del concierto

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